Los trastornos de la conducta alimentaria en niños y adolescentes. Señales para tener en cuenta.

Mother's Hand Feeding Food to a Young Girl (13-14) Who Is Making a Face

 

¿Qué tienen en común los términos anorexia, bulimia, trastorno por atracón, síndrome del comedor nocturno, vigorexia,  ortorexia?  La respuesta es que todos ellos designan desórdenes o trastornos de la alimentación cada vez más frecuentes en niños y adolescentes.

Los rasgos más comunes de la bulimia –consumo de comida en demasía en períodos de tiempo muy cortos seguido de purgas y vómitos para eliminar el exceso-  y de la anorexia – rechazo o restricción exagerada de la comida por el miedo obsesivo a engordar-  están identificados científicamente y  muy bien documentados: son el perfeccionismo, las  dificultades interpersonales, la inseguridad social y la baja autoestima, la alteración de la imagen corporal por una insatisfacción del cuerpo, la impulsividad y el miedo a la madurez.

Pero los otros desórdenes mencionados  son todavía desconocidos para muchas personas ya que son difíciles de diagnosticar correctamente. No en todos se presentan los mismos rasgos, ni en la misma dimensión, sino que hay un abanico más amplio que los diferencia de los dos trastornos ya mencionados,  que son más comunes para la sociedad. Suelen ser desórdenes subdiagnosticados, que en ocasiones  pasan inadvertidos para los familiares o amigos porque  no todos se manifiestan con episodios diarios y que, como no son identificados socialmente, cuando ya se llega a la consulta del especialista, la situación ha podido alcanzar situaciones  complicadas.

Ya que muchos de los hábitos que van a influir en la salud física y mental en la edad adulta se adquieren durante la niñez y adolescencia, es muy importante una correcta valoración nutricional por parte de padres y  pediatras en estas etapas de la vida. Es por esto que los padres debemos estar atentos ante la aparición de las siguientes conductas en nuestros hijos:

  • excesiva preocupación por el peso y la imagen corporal
  • episodios de ansiedad generalizada y de irritabilidad que se alternan con actitudes reservadas o taciturnas, o sea, cambios de humor repentinos
  • rechazo de consumir ciertos alimentos porque engordan
  • tendencias obsesivas
  • búsqueda de perfeccionismo en las tareas escolares o cotidianas
  • bajos niveles de energía
  • pérdida del cabello
  • aumento importante de la actividad física o  disminución de las horas de sueño
  • cepillado muy frecuente de dientes (luego de vómitos autoprovocados)
  • alteración en los horarios de la ingesta de alimentos

Durante las comidas familiares, conviene observar si el niño o niña:

  • juega con la comida, la corta en trozos muy pequeños o la separa para que parezca que comió
  • reduce o aumenta en demasía el tamaño de las porciones
  • mastica durante muchos minutos  la comida y luego la deja en el plato
  • por el contrario, termina su plato muy rápidamente, devorándolo
  • evita alimentos que antes disfrutaba, especialmente los altos en calorías
  • pierde peso en forma repentina
  • usa ropa grande y holgada
  • se levanta seguido con la excusa de ir al baño o permanece un largo rato en el luego de las principales comidas
  • rechaza probar alimentos nuevos
  • manifiesta el deseo de no comer porque le duele el estómago
  • busca excusas para no almorzar o cenar con el resto de la familia
  • manifiesta muy frecuentemente  “antojos” por determinados alimentos
  • deja restos de alimentos en cajones o debajo de la cama

Si aparecen varias de estas señales de advertencia, se debe consultar inmediatamente al pediatra y a un terapeuta  ya que recibir ayuda a temprana edad es la clave para un tratamiento eficaz en este tipo de desórdenes.

Por otro lado, algunos consejos que pueden servir para que ante la aparición de estos desórdenes alimentarios en nuestros hijos sepamos cómo ayudar a revertirlos son:

  • No utilizar la comida como sistema de recompensas y castigos
  • Compartir en familia las principales comidas tratando de no tener prendida la televisión ni atender el teléfono
  • No discutir durante la comida y evitar temas conflictivos y estresantes
  • Evitar preparar platos diferenciadas para cada uno de los miembros de la familia
  • Alentar a que todos prueben nuevas preparaciones
  • No obsesionarse con las dietas y la imagen porque los niños van a querer copiarnos
  • Calcular el tamaño de las porciones y no ofrecer hasta el cansancio lo que queda en la fuente
  • Practicar deportes al aire libre o hacer caminatas con los niños o salir a andar en rollers o en bicicleta
  • Planear diversiones familiares que no estén siempre asociadas con las comidas (hábito muy frecuente de los adultos).
  • Limitar el acceso de nuestros hijos a medios de comunicación que sugieren que la apariencia es la cualidad más importante de las personas. Cuestionar los estereotipos de los medios acerca de lo que es bello y saludable.

 

El proceso de aprendizaje: qué hacen los maestros para que los chicos aprendan

escribiendo

 

Los maestros se enfrentan cada día con la difícil tarea de enseñar y los alumnos, con la de estar lo suficientemente  atentos  y concentrados  para aprender. Aquí te contamos cómo es el proceso de aprendizaje

  • El momento de prestar atención

El punto de partida para que un contenido nuevo sea comprendido es la explicación del docente ya que este desarrollará, seguramente, las estrategias didácticas adecuadas y presentará el tema con la motivación necesaria para que despierte interés entre los alumnos.  Es por esto que debemos alentar a nuestros hijos para que presten suficiente atención cuando el maestro/a expliquen un tema nuevo. Será importante que el niño permanezca en silencio hasta que termine la explicación. Esta actitud reflexiva  le permitirá concentrarse lo necesario para comenzar a  comprender  el nuevo tema.

La consigna del docente para esta parte de la clase será: “Necesito que ahora me atiendan, no se distraigan y presten atención por un rato porque les voy a explicar algo nuevo y muy interesante.”

 

  • El momento de preguntar

Luego de la explicación, el maestro cotejará , a partir de preguntas o situaciones,  que el niño esté comprendiendo y razone adecuadamente. Es importante que el alumno pregunte todo aquello que no entendió pero que lo haga escuchando las dudas de otros compañeros. Muchas veces, por ansiedad o por el simple hecho de hablar, varios niños preguntan las mismas dudas y la clase se desordena.

Para este momento la consigna será: “ ¿Qué dudas tienen? Vamos a tratar de contestarlas entre todos.”

 

  • El momento de poner en práctica o de practicar

Según la especificidad de cada disciplina, posteriormente a la explicación y al planteo de dudas vendrá el momento de la práctica. Esta puede ser individual y/o grupal. Será fundamental que el maestro pase entre los bancos para ver si los alumnos están razonando, analizando o completando las actividades adecuadamente. En este punto no interesa el resultado final sino el proceso, los pasos de este razonamiento.

 

  • La consolidación e internalización de los nuevos contenidos

Un nuevo contenido necesita de dos aliados para ser procesado, internalizado y aprendido: tiempo y práctica. Estos dos deben darse conjuntamente y en el caso de la práctica o tarea, esta debe ser de complejidad creciente y no solo realizarse en la escuela sino complementariamente, fuera del horario escolar. Recién después de un período de tiempo en el que los contenidos se internalizan gracias a que la explicación, la práctica adquiere sentido (esto quiere decir que muchas veces la práctica repetitiva de ejercicios no sirve si no se va graduando en complejidad y variando).

La consigna en este caso puede ser: “¿Quién puede explicar  lo que enseñé ayer/la semana pasada?

 

  • La evaluación

Las teorías educativas actuales perciben a la evaluación como un proceso y no como fin en sí mismo. Más allá de que el sistema educativo busca una calificación numérica o conceptual para la aprobación, los  maestros tienen bien en claro que no todos los chicos evolucionan de la misma manera ni tienen los mismos tiempos para aprender.

La tarea de enseñar empieza en el colegio  pero sigue en casa con padres y madres  dispuestos a acompañar y motivar a sus hijos en la aventura del conocimiento.

 

El Inicio (Eduardo Berti)

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Hijo y padre caminan en silencio hacia la escuela, a menos de quince minutos de su casa. La mano de uno, más pequeña, va como perdida en la mano del otro; la palma suda y los dedos tiemblan un poco. Es el primer día de clases. Las dos siluetas avanzan recortadas contra un cielo crepuscular. La escuela es un viejísimo edificio, antes blanco, ahora grisáceo, semioculto tras un par de árboles torcidos y flacos. Por cómo mueven las cabezas y miran alrededor queda claro que, si no es la primera vez, es la segunda que acuden al lugar, luego quizá de la visita de admisión o de la inscripción. Pero esta vez cuenta distinto, es el bautismo, es el paso trascendental, mucho hablaron entre ellos y también con las mujeres del hogar: hermana y madre. Una de ellas afirmó: “Yo te enseñaría por mi cuenta a leer y a escribir, pero la escuela es otra cosa, es una experiencia más grande”. Otra habló de estar orgullosa y lo felicitó.

A medida que se acercan, el movimiento es mayor. Unos entran y otros salen de la escuela: chicos de siete, ocho, diez años; adultos con un par de libros bajo el brazo. Los alumnos avanzados escrutan a los novatos sin el menor disimulo. Los novatos, por su parte, tienen el raro instinto de reconocerse, no así el valor o el impulso de saludarse.

Por fin el silencio se rompe entre ellos dos. “Estoy feliz”, se oye. Y también: “Quién lo habría dicho”. Y por último: “¿Trajiste un cuaderno y algo para escribir?”.

Las manos se han separado y ahora están mucho más sudadas. El nuevo alumno le pregunta al otro, al experimentado, si él también se sintió así en su primer día de clases. “Por supuesto”, es la respuesta. El nuevo alumno sonríe. Luego se le ocurre decir: “¿Y si los otros estudiantes…?”, pero una ráfaga de viento se lleva el final de la frase.

“Ya lo hablamos, ¡no hay que pensar en los demás!”, llega a oírse por encima de la calma reinstalada.

Los dos siguen caminando, sin volver a unir las manos, sus pasos son tan iguales que uno parece el reflejo joven del otro, y así como algunas bandas musicales dejan de tocar de súbito, en un acuerdo perfecto, sin una seña que preanuncie la maniobra, casi de idéntica manera ellos se detienen a un tiempo, en total sincronización, y uno palmea con suavidad la espalda levemente encorvada del otro.

“Hay un café en la esquina, ¿lo ves?”, pregunta el que dio la palmada.

“Sí, lo veo, ¿por qué?”.

“Te espero allá, papá. ¿Está bien?”.

“Sí, está bien”, contesta el otro algo mecánicamente. Sólo al cabo de unos pasos (ya está dentro de la escuela, ya lo hizo, ya sus pies pisan el patio) gira y grita a la espalda de su hijo: “¡Son tres horas! ¿Qué vas a hacer, tanto tiempo?”.

Sonriéndole desde lejos, el hijo saca un libro que tenía guardado en un bolsillo y hace, abriéndolo, la mímica de leer, una mímica que nunca osó efectuar por un antiguo prurito, el mismo que aún impide a él y a las mujeres del hogar leer delante del padre una revista, un libro o lo que sea.

La mímica no ha caído mal, por el contrario. De modo que el hijo se aproxima al café blandiendo el libro, bien visible, como quien carga con orgullo algún trofeo, como quien carga con cuidado algo valioso.

En ese libro, se dice, están las letras que su padre finalmente va a aprender.

 

Foto: Desde La Torre

Guía de útiles escolares: ¿qué cartuchera compro?

cartucheras en las manos recortada

 

Una cartuchera debe reunir tres condiciones para convertirse en un verdadero “útil” escolar: ser visualmente atractiva para el niño, de buena calidad y, sobre todo, funcional.

Es frecuente que la  elección de la cartuchera y su compra se transforme en una actividad motivadora del inicio de clases.  El problema surge cuando, parados con nuestros hijos en la librería, tenemos que orientarlo para que elija la adecuada, más allá de su diseño preferido: ¿tres, dos o un piso?; ¿rígida o maleable?; ¿de tela o plastificada?; ¿con velcro o con cierre?,¿ con compartimentos o sin ellos?

No todas las cartucheras que se ofrecen en los comercios son convenientes para todos los chicos; por ejemplo, si nuestro hijo o hija son desordenados, no servirán las cartucheras de muchos pisos ya que seguramente se olvidará de cerrar los cierres y, como no habrá introducido los lápices en sus compartimentos, estos terminarán acumulándose en el fondo de la mochila.

En algunas ocasiones es preferible elegir una cartuchera pequeña alargada, del tipo portalápices, para colocar en ella los útiles que se utilizan más frecuentemente como lápiz, lapicera, goma, sacapuntas, una regla de 10 cm y un par de lápices o fibras de color para subrayar títulos. Aparte el niño puede llevar una cartuchera de un piso con lápices y fibras de colores que quizá no utilizará con tanta frecuencia. Esta combinación de cartuchera chica y otra para los lápices de colores permitirá que el niño tenga espacio en su banco y no necesite desplegar la cartuchera adicional, la que ocupa mucho espacio por sus dimensiones.

Si la mochila va muy cargada con cuadernos, carpetas y libros, no es conveniente una cartuchera muy grande. Asimismo, podríamos aconsejarles a los chicos que reserven siempre el primer compartimento de la mochila para guardarla en forma independiente del resto de los útiles. De esta manera evitamos que “se pierda” en el fondo de la mochila o entre las hojas de la carpeta o los libros, las que muchas veces  se doblan o ajan como resultado de estas intercalaciones.

Por último, la elección de la cartuchera debería observar una relación lógica entre el precio, el diseño y la calidad.

En resumen, la cartuchera más adecuada será aquella que tenga un valor razonable, un tamaño práctico, un diseño atractivo para el niño y sea funcional a su uso.

 

Foto: ISVN

Adicción a la computadora: es más fácil no prenderla que decidir cuándo apagarla…

foto adiccion pc

 

Es una preocupación de muchos padres la cantidad de tiempo que pasan sus hijos frente a la computadora y a los videojuegos. ¿Cómo detectar cuando este comportamiento se convierte en adictivo?

La afición desmedida a los videojuegos puede ser considerada como una adicción cuando un niño presenta varias de estas actitudes:

  • No tiene conciencia de la cantidad de tiempo que pasa frente a la computadora; al advertírselo puede ponerlo en duda o no admitirlo.
  • Muestra una preocupación desmedida cuando está lejos de la máquina o no tiene contacto con el videojuego durante una cierta cantidad de tiempo.
  • Se presenta desinteresado por otras actividades y habla monotemáticamente de su juego o aplicación favorita.
  • Permanece hasta altas horas de la noche frente a la computadora. Muchas veces se levanta a hurtadillas cuando los padres descansan.
  • Se comienza a distanciar de sus amigos y no le interesa la interacción social (rechaza invitaciones a salidas, cumpleaños o para salir a jugar o hacer deportes).
  • Deja la tarea del colegio sin terminar y comienza a obtener bajas calificaciones y llamados de atención por parte de los maestros.
  • Se duerme en clase.
  • Descuida el aseo personal.
  • Comienza a no alimentarse correctamente pues quiere hacerlo rápido para volver junto a la máquina. En ocasiones almuerza o toma la merienda en dicho lugar.
  • Presenta un comportamiento explosivo, lo domina la ansiedad, la inquietud psicomotora o la irritabilidad cuando una causa externa e imperiosa lo obliga a interrumpir su actividad en la computadora.

La etimología de la palabra adicción proviene de “lo que no puede ser dicho, manifestado expresamente con palabras”; en este sentido el uso desmedido de estas nuevas tecnologías en forma mecánica podría estar relacionada con un mecanismo de evasión que le permite al niño crear un mundo paralelo en el que no tendrá que enfrentarse con situaciones o sentimientos que le resultan incómodos o cuya resolución podrá postergar (sentimientos de tristeza, un entorno familiar lleno de discusiones, o de problemas en la escuela, entre otros).

TDG o trastorno generalizado del desarrollo

autista niña

 

Una identificación precoz del trastorno generalizado del desarrollo o TGD permite estimular el aprendizaje de formas alternativas de comunicación y lenguaje y mejorar la interacción social. Para identificarlo resulta clave una acertada observación del niño con  necesidades especiales por parte de los padres y los docentes.

El autismo fue descrito en 1943 por el Dr. Leo Kanner -quien aplicó este término a un grupo de niños/as ensimismados y con severos problemas de índole social, de comportamiento y de comunicación-; sin embargo, recién en 1980 fue considerado por primera vez como entidad nosológica independiente, con el nombre de autismo infantil. Posteriormente, en 1987, se lo deja de denominar autismo infantil para nombrarlo como hoy día se conoce, tratorno del espectro autista o trastorno generalizado del desarrollo.

Con este cambio de nombre se trata de eliminar la idea de que el autismo es una alteración exclusiva de la infancia y se encuadra en un nuevo grupo de  trastornos que se inician en la infancia infantil. El TGD o trastorno generalizado del desarrollo se puede detectar antes de los 3 años y afecta a varias áreas del desarrollo, especialmente las relativas a las habilidades para la interacción social, las habilidades comunicativas y lingüísticas y las habilidades para el juego y el desarrollo de actividades e intereses, y se presenta con un rango de leve a grave de  severidad.

Las necesidades educativas especiales del niño/a con autismo dependen tanto del propio niño/a y de sus propias dificultades, como del entorno en el que vive y de los recursos disponibles en el centro educativo y en la comunidad. Por ello, su educación tiene que tener en cuenta diversas variables: la naturaleza del autismo y las características personales del niño/a, además de su estado afectivo, su nivel intelectual y su capacidad de comunicación y de socialización, el marco de referencia ofrecido por el desarrollo normal y por el currículo ordinario, el análisis de los entornos en los que vive y las necesidades y deseos de su familia y del propio niño/a.

Debido a las dificultades que los niños/as con autismo tienen para relacionarse, hay que crear las condiciones más favorables que les permitan desarrollar estrategias para fomentar su máximo desarrollo, bienestar y participación con otros niños y adultos.

De esta manera, la decisión sobre la escolarización más adecuada para cada alumno/a con trastornos del espectro autista va a depender no sólo de sus características individuales sino, principalmente, de los recursos con los que cuente el centro escolar para asegurar una respuesta adecuada a sus necesidades educativas, incluidas las ocasionadas por el autismo.

Para lograr un conocimiento más completo, adjuntamos una descripción del Dr. Ángel Rivière, psicólogo español especializado en autismo, Catedrático de la Universidad autónoma de Madrid, sobre qué nos pediría un niño autista en 20 conceptos, los que permiten para enmarcar características de este trastorno:

1- Ayúdame a comprender. Organiza mi mundo y facilítame que anticipe lo que va a suceder. Dame orden. Estructura mi mundo y evítame el caos.


2- No te angusties conmigo, porque me angustio. Respeta mi ritmo. Siempre podrás relacionarte conmigo si comprendes mis necesidades y mi modo especial de entender la realidad. No te deprimas, lo normal es que avance y me desarrolle cada vez más.

3- No me hables demasiado, ni demasiado deprisa. Las palabras son “aire” que no pesa para ti, pero pueden ser una carga muy pesada para mí. Muchas veces no son la mejor manera de relacionarte conmigo.

4- Como otros niños, como otros adultos, necesito compartir el placer y me gusta hacer las cosas bien, aunque no siempre lo consiga. Hazme saber, de algún modo, cuándo he hecho las cosas bien y ayúdame a hacerlas sin fallos. Cuando tengo demasiados fallos me sucede lo que a ti: me irrito y termino por negarme a hacer las cosas.

5- Necesito más orden y anticipación en las acciones. Tendremos que negociar mis rituales para poder convivir.

6- Me resulta difícil comprender el sentido de muchas de las cosas que me piden que haga. Ayúdame a entenderlo. Trata de pedirme cosas que puedan tener un sentido concreto y descifrable para mí. No permitas que me aburra o permanezca inactivo.

7- No me invadas excesivamente. A veces, las personas son demasiado imprevisibles, demasiado ruidosas, demasiado estimulantes. Respeta las distancias que necesito, pero sin dejarme solo.

8- Lo que hago no es contra ti. Cuando tengo una rabieta o me golpeo, si destruyo algo o me muevo en exceso, cuando me es difícil atender o hacer lo que me pides, no estoy tratando de hacerte daño. Ya que tengo un problema con las intenciones, ¡no me atribuyas malas intenciones!

9- Mi desarrollo no es absurdo, aunque no sea fácil de entender. Tiene su propia lógica y muchas de las conductas que llaman “alteradas” son formas de enfrentar el mundo desde mi especial forma de ser y percibir. Haz un esfuerzo por comprenderme.

10- Las otras personas son demasiado complicadas. Mi mundo no es complejo y cerrado, sino simple. Aunque te parezca extraño lo que te digo, mi mundo es tan abierto, tan sin tapujos ni mentiras, tan ingenuamente expuesto a los demás, que resulta difícil penetrar en él. No vivo en una “fortaleza vacía”, sino en una llanura tan abierta que puede parecer inaccesible. Tengo mucha menos complicación que las personas que se consideran normales.

11- No me pidas siempre las mismas cosas ni me exijas las mismas rutinas. No tienes que hacerte tú autista para ayudarme. El autista soy yo, ¡no tú!

12- No sólo soy autista. También soy un niño, un adolescente, o un adulto. Comparto muchas cosas de los niños, adolescentes o adultos a los que llaman “normales”. Me gusta jugar y divertirme, quiero a mis padres y a las personas cercanas, me siento satisfecho cuando hago las cosas bien. Es más lo que compartimos que lo que nos separa.

13- Merece la pena vivir conmigo. Puedo darte tantas satisfacciones como otras personas, aunque no sean las mismas. Puede llegar un momento en tu vida en que yo, que soy autista, sea tu mayor y mejor compañía.

14- No me agredas químicamente. Si te han dicho que tengo que tomar una medicación, procura que sea revisada periódicamente por el especialista.

15- Ni mis padres ni yo tenemos la culpa de lo que me pasa. Tampoco la tienen los profesionales que me ayudan. No sirve de nada que se culpen unos a otros. A veces, mis reacciones y conductas pueden ser difíciles de comprender o afrontar, pero no es por culpa de nadie. La idea de “culpa” no produce más que sufrimiento en relación con mi problema.

16- No me pidas constantemente cosas por encima de lo que soy capaz de hacer. Pero pídeme lo que puedo hacer. Dame ayuda para ser más autónomo, para comprender mejor, pero no me des ayuda de más.

17- No tienes que cambiar completamente tu vida por el hecho de vivir con una persona autista. A mí no me sirve de nada que tú estés mal, que te encierres y te deprimas. Necesito estabilidad y bienestar emocional a mi alrededor para estar mejor.

18- Ayúdame con naturalidad y sin convertirlo en una obsesión. Para poder ayudarme tienes que tener tus propios momentos de descanso o dedicación a aquello que te gusta. Acércate a mi, no te vayas, pero no te sientas como si llevaras una pesada carga a tus espaldas. En mi vida he tenido momentos malos pero puedo estar cada vez mejor.

19-Acéptame como soy. No condiciones tu aceptación a que deje de ser autista. Sé optimista sin hacerte “novelas”. Mi situación normalmente mejora, aunque por ahora no tenga curación. 

20- Aunque me sea difícil comunicarme o no comprenda las sutilezas sociales, tengo incluso algunas ventajas en comparación con los que se dicen “normales”. Me cuesta comunicarme, pero no suelo engañar. No comprendo las sutilezas sociales, pero tampoco participo de las dobles intenciones o los sentimientos peligrosos tan frecuentes en la vida social. Mi vida puede ser satisfactoria si es simple, ordenada y tranquila. Si no se me pide constantemente y sólo aquello que más me cuesta. Ser autista es un modo de ser, aunque no sea el normal. Mi vida como autista puede ser tan feliz y satisfactoria como la tuya “normal”. En esas vidas, podemos llegar a encontrarnos y compartir muchas experiencias.

 

 

Descripción del TGD de la División de Educación General del Ministerio de Educación de Chile (MINEDUC), y de su publicación en Argentina realizada por TGD-Padres-TEA. Padres de hijos con autismo.

¡Mamá, no quiero bañarme!

higiene final

Mantener la higiene en los chicos es primordial para prevenir enfermedades y generar hábitos saludables; sin embargo, en algunos casos la hora del baño puede transformarse en un campo de batalla. Te contamos algunas claves que pueden ayudarte a convencerlos…

A los chicos les cuesta mucho –en algunos casos- dejar de jugar o interrumpir una actividad para bañarse; muchas veces piensan que es un tiempo perdido que podrían dedicar a otra cosa.

Definitivamente no es un capricho nuestro que tomen el baño diario sino que es una necesidad básica de higiene para prevenir enfermedades.

El baño y el lavado de manos se considera desde hace mucho tiempo, la medida más eficiente para evitar la transmisión de los microbios comunes a la mayor parte de las infecciones.

Debemos explicarles a nuestros hijos que a pesar de que ellos sientan que no están sucios, en sus manos –especialmente por tocar objetos de todo tipo- y en la piel de su cuerpo en general, se han depositado a lo largo de la jornada algunos microbios que a simple vista no se ven.

Al lavarnos con jabón nos deshacemos de los microbios que pueden producir enfermedades y de aquellos que también producen el mal olor característico que en algunos casos tenemos al transpirar.

Oler bien y saber que hemos hecho lo posible para estar limpios y libres de microbios nos ayuda a tener un estado saludable y a presentarnos de forma agradable con las personas que trabajan o viven con nosotros; en cualquier espacio compartido, es una norma básica de convivencia.

Un baño tibio luego del colegio y del ajetreo del día relaja a los chicos y los predispone para que -más tranquilos- logren hacer mejor la tarea o disponerse para cenar y dormir.

A partir de los 6 años los niños, en cierta medida, ya son más capaces de participar en la creación las reglas, como si se estableciera un convenio. De esta manera, probablemente se sentirán más responsables y las comprenderán mejor. Este hecho contribuirá positivamente a que cumplan los mandatos. Por tanto, es importante que empecemos a dejarle negociar con nosotros las exigencias y las consecuencias de su cumplimiento o incumplimiento, escuchando sus razonamientos. Pero, en último término, seremos nosotros los que decidiremos.

Ya  a los ocho años aproximadamente, el niño debería tener la madurez suficiente para poder bañarse y lavarse solo la cabeza sin necesidad de la asistencia de un adulto.

Lo que sucede es que también alrededor de esa edad comienzan a discutir nuestras órdenes como una manera de entrenar su propio punto de vista. Por eso pueden generarse discusiones y nuestro hijo puede hacer berrinches a la hora del baño o negarse a hacerlo. Acá te damos algunas ideas de qué hacer cuando te encuentres en esa situación.

Establezcamos rutinas. A tu hijo le ayudará a obedecer el hecho de tener que hacer cada día lo mismo y a la misma hora (el baño está después de hacer la tarea y siempre antes de cenar, solo luego del baño podés jugar a la compu, etc.). La repetición acabará convirtiéndose en un hábito.

Démosle dos opciones para que el niño pueda escoger una. Por ejemplo, en vez de decirle “te vas a bañar ya” o preguntarle “¿querés bañarte?”, conviene plantearlo así: “¿qué preferís, bañarte ahora o después de hacer la tarea?”.

Es de suma importancia que, cuando haga lo que le pedimos, alabemos y elogiemos su comportamiento (felicitarlo, decirle lo contentos que estamos de lo que ha hecho, etc.).

Escuchémoslo con atención cuando intente dar una explicación. Si es una excusa que no nos sirve como explicación, utilizaremos la expresión “pero”. Por ejemplo, “ya sé que te gusta el programa de televisión que estás viendo –pero-, quiero que te bañes antes de sentarte a la mesa porque ya es hora de comer”. No hay que entrar en debate con él.

Las normas, deben quedar establecidas claramente de antemano. Por ejemplo, “si seguís jugando con el videojuego en vez de dejarlo para bañarte, te quedarás sin videojuego mañana”.

A veces el sentido del humor puede ayudarnos a solucionar situaciones muy tensas, sobre todo con nuestros hijos mayores. Por ejemplo, si insiste e insiste en justificarse para no bañarse: “Tenés razón, qué bueno que es estar tan sucio que nadie se pueda acercar del olor que tenés. Y mañana tus amigos lo van a notar cuando estés a una cuadra del colegio”.

Por último, evitemos los adultos, especialmente las mamás, ser obsesivas en la higiene y la limpieza porque a veces resulta contraproducente tanta insistencia.