Constructores del hogar

casa hogar

Somos los padres los primeros constructores del hogar. A medida que la familia se agranda transmitimos costumbres, modos de relacionarnos, establecemos momentos de reunión o encuentro.

Tener una casa es muy importante y necesario. Poder “descansar en paz” en ella sólo es posible si se trata de un hogar.

La casa es un “eso”, el hogar es un “nosotros”.

Un hogar supone una casa, pero no toda casa constituye un hogar.

La casa es el lugar donde habitamos, la cual está compuesta por las paredes, puertas, ventanas y todos los muebles y utensilios que en ella se encuentren. Mientras que el hogar está compuesto por las personas que habitan la casa, sin dejar de lado sus relaciones.

La casa se va construyendo paso a paso con madera, cemento o ladrillo, etc. El hogar se va construyendo también paso a paso con mucha paciencia, educación, cariño, ternura.

En la casa encontraremos calor o abrigo, es decir, protección física para el cuerpo, mientras que en el hogar encontraremos protección para el alma y el espíritu, que también son parte del cuerpo.

Cuando no hay amor que reúne a los miembros que viven bajo el mismo techo, el hogar se reduce a un sitio de servicio completo, a un hotel de paso.

En una casa pueden convivir muchos miembros en poco espacio, pero si no hay respeto por el espacio del otro o una convivencia pacífica no hay hogar.

Para Vivir en un hogar hay que estar dispuestos a entregar parte de sí mismos a los demás.

Es necesario esforzarnos a fin de tener un mejor hogar. Siempre hay lugar para mejorar lo que tenemos y la familia bien vale todo esfuerzo.

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LOS ADOLESCENTES Y SUS PROBLEMAS.

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En la adolescencia se presentan síntomas del cambio, los chicos podrían mostrarse desobedientes, mentirosos, irritables, y con malos modales ante el interés de los padres, descuidan su atuendo personal, se muestran desordenados, se aíslan y pueden tomar posturas desafiantes.

Es un período de crecimiento especial, es la bisagra entre la vida infantil y la adulta.

También se produce un crecimiento físico e intelectual, evoluciona la personalidad; es el nacimiento de la intimidad; comienza a aparecer el primer sentimiento del propio yo. Aparece lentamente la conciencia individual, en contraposición con la conciencia ligada a lo colectivo.

Hay una ruptura con el pasado y con el futuro, los chicos comienzan a querer valerse por sí mismos, aparece la obstinación, un afán de contradicción, el deseo de ser admirado, la búsqueda de la emancipación del hogar y la rebeldía ante las normas establecidas.

De los 12 a los 14 años sin consciencia de lo que ocurre en sí mismo, los chicos desconocen sus posibilidades. Sus fuerzas físicas se afirman en la lucha y pueden buscar situaciones para ponerse a prueba (buscan el riesgo) y necesitan una descarga continua de la agresividad.

Es un período caracterizado por la inestabilidad afectiva.

Comienza a actuar el binomio autoafirmación‑inseguridad: El descubrimiento del yo, conlleva también «una conmoción de la seguridad en sí mismo junto con sentimientos de duda e inferioridad», que aumenta en la medida en que los obstáculos exteriores se hacen presentes y ante el progresivo conocimiento de las limitaciones propias. De ahí la inestabilidad de los sentimientos y la fluctuación de los estados de ánimo.

La conquista de la confianza en sí mismo requiere tiempo. Son lógicas las actitudes de autoafirmación obstinada y agresiva.

El adolescente persigue metas muy elevadas con medios ridículos, se llega a la culminación del proceso por la existencia de un poderoso impulso hacia la madurez. La autoafirmación es el motor. La inseguridad permite ganar en humildad y realismo. El adolescente aprende de sus fracasos pero necesita ayuda.

El proceso hacia la madurez supone ganar en autonomía personal (el niño depende en casi todo de sus padres, se conforma con sus respuestas, busca continuamente su ayuda y protección, acepta su natural dependencia). En cambio, el adolescente busca conseguir una madurez responsable: pensar, decidir y actuar con iniciativa personal. Sin saber valerse por sí mismo, experimenta el deseo, la necesidad de hacerlo, poniendo en juego su capacidad inmadura porque ha elevado en poco tiempo y de forma considerable sus aspiraciones.

La adolescencia no es un retroceso. Desde los 12 años comienza el aprendizaje para saber afrontar la realidad de modo personal.

La madurez supone: perfeccionamiento intencional: inteligencia, voluntad, una actitud física activa y social. Y el descubrimiento y desarrollo de valores: los que nos definen como personas: individualidad, intimidad, fidelidad, autonomía y aquellos por los que la persona se realiza.

La meta de la madurez, es llegar a distinguirse de los demás como “yo mismo”, situarse como persona en libertad y responsabilidad, obtener un juicio propio sobre el mundo y nuestra situación en él.

¿Cuáles son los rasgos de la madurez?

Independencia y objetividad en los juicios. Sentido crítico y capacidad de adaptación a nuevas situaciones.

En lo emocional: autocontrol. Afrontar problemas serenamente. Aceptación de los fracasos para saber dar y recibir.

En lo social: tolerancia. Y la participación en tareas colectivas.

Al adolescente se le hace difícil tomar decisiones y aceptar sus consecuencias, está más pendiente de los derechos y de los deberes, presenta un puro ejercicio irracional de la voluntad y un radicalismo en los juicios con ausencia de matices.

Se aísla de los mayores y se presenta la necesidad de pertenecer a un grupo de pares.

La conquista de la madurez supone aprender a aceptar la responsabilidad de las decisiones que toma o acepta. Supone el ejercicio de su capacidad de decisión. Aprender a afrontar la realidad: ver las cosas como son, no como quisiera que fuesen. Y el conocimiento objetivo de su propia realidad con las posibilidades y las limitaciones. Aceptarse tal y como es y aprender a convivir con los demás.

 

Resumen de Gerardo Castillo