¡Mamá, no quiero bañarme!

higiene final

Mantener la higiene en los chicos es primordial para prevenir enfermedades y generar hábitos saludables; sin embargo, en algunos casos la hora del baño puede transformarse en un campo de batalla. Te contamos algunas claves que pueden ayudarte a convencerlos…

A los chicos les cuesta mucho –en algunos casos- dejar de jugar o interrumpir una actividad para bañarse; muchas veces piensan que es un tiempo perdido que podrían dedicar a otra cosa.

Definitivamente no es un capricho nuestro que tomen el baño diario sino que es una necesidad básica de higiene para prevenir enfermedades.

El baño y el lavado de manos se considera desde hace mucho tiempo, la medida más eficiente para evitar la transmisión de los microbios comunes a la mayor parte de las infecciones.

Debemos explicarles a nuestros hijos que a pesar de que ellos sientan que no están sucios, en sus manos –especialmente por tocar objetos de todo tipo- y en la piel de su cuerpo en general, se han depositado a lo largo de la jornada algunos microbios que a simple vista no se ven.

Al lavarnos con jabón nos deshacemos de los microbios que pueden producir enfermedades y de aquellos que también producen el mal olor característico que en algunos casos tenemos al transpirar.

Oler bien y saber que hemos hecho lo posible para estar limpios y libres de microbios nos ayuda a tener un estado saludable y a presentarnos de forma agradable con las personas que trabajan o viven con nosotros; en cualquier espacio compartido, es una norma básica de convivencia.

Un baño tibio luego del colegio y del ajetreo del día relaja a los chicos y los predispone para que -más tranquilos- logren hacer mejor la tarea o disponerse para cenar y dormir.

A partir de los 6 años los niños, en cierta medida, ya son más capaces de participar en la creación las reglas, como si se estableciera un convenio. De esta manera, probablemente se sentirán más responsables y las comprenderán mejor. Este hecho contribuirá positivamente a que cumplan los mandatos. Por tanto, es importante que empecemos a dejarle negociar con nosotros las exigencias y las consecuencias de su cumplimiento o incumplimiento, escuchando sus razonamientos. Pero, en último término, seremos nosotros los que decidiremos.

Ya  a los ocho años aproximadamente, el niño debería tener la madurez suficiente para poder bañarse y lavarse solo la cabeza sin necesidad de la asistencia de un adulto.

Lo que sucede es que también alrededor de esa edad comienzan a discutir nuestras órdenes como una manera de entrenar su propio punto de vista. Por eso pueden generarse discusiones y nuestro hijo puede hacer berrinches a la hora del baño o negarse a hacerlo. Acá te damos algunas ideas de qué hacer cuando te encuentres en esa situación.

Establezcamos rutinas. A tu hijo le ayudará a obedecer el hecho de tener que hacer cada día lo mismo y a la misma hora (el baño está después de hacer la tarea y siempre antes de cenar, solo luego del baño podés jugar a la compu, etc.). La repetición acabará convirtiéndose en un hábito.

Démosle dos opciones para que el niño pueda escoger una. Por ejemplo, en vez de decirle “te vas a bañar ya” o preguntarle “¿querés bañarte?”, conviene plantearlo así: “¿qué preferís, bañarte ahora o después de hacer la tarea?”.

Es de suma importancia que, cuando haga lo que le pedimos, alabemos y elogiemos su comportamiento (felicitarlo, decirle lo contentos que estamos de lo que ha hecho, etc.).

Escuchémoslo con atención cuando intente dar una explicación. Si es una excusa que no nos sirve como explicación, utilizaremos la expresión “pero”. Por ejemplo, “ya sé que te gusta el programa de televisión que estás viendo –pero-, quiero que te bañes antes de sentarte a la mesa porque ya es hora de comer”. No hay que entrar en debate con él.

Las normas, deben quedar establecidas claramente de antemano. Por ejemplo, “si seguís jugando con el videojuego en vez de dejarlo para bañarte, te quedarás sin videojuego mañana”.

A veces el sentido del humor puede ayudarnos a solucionar situaciones muy tensas, sobre todo con nuestros hijos mayores. Por ejemplo, si insiste e insiste en justificarse para no bañarse: “Tenés razón, qué bueno que es estar tan sucio que nadie se pueda acercar del olor que tenés. Y mañana tus amigos lo van a notar cuando estés a una cuadra del colegio”.

Por último, evitemos los adultos, especialmente las mamás, ser obsesivas en la higiene y la limpieza porque a veces resulta contraproducente tanta insistencia.

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